LA VERDADERA HISTORIA DE JUAN EL SASTRE (VII)

                                          LA VERDADERA HISTORIA DE JUAN EL SASTRE   

                                                                                VII

 

                                               


Los dos socios terminaron su desayuno con la noticia de la inmediata llegada de ayuda americana golpeando el interior de sus cabezas. Sus miradas se cruzaron, parecían preguntarse el uno al otro cómo iban a abordar este nuevo reto. Tenían que averiguar qué entidad financiera iba a recibir esos fondos, quién o quiénes eran los responsables de su distribución, a qué empresarios se les adjudicaría la contratación. La intervención era complicada pero los beneficios podían ser cuantiosos. Decidieron hablar de todo ello en el despacho de Julio.

Fueron dando un paseo desde la cafetería hasta la oficina inmobiliaria de Julio, no estaba lejos de allí. Elvira, la secretaria, continuaba tecleando sin ganas mientras escuchaba en la radio una dulzona canción de Marlen Dietrich, al oir que la puerta se abría, apagó la radio y se aplicó sobre la máquina de escribir con más interés. Su jefe le dio la orden de ir a desayunar o a mirar escaparates, lo que quisiera, pero que no apareciera por allí hasta la hora de entrada por la tarde. La chica, encantada, dejó que sus dedos abandonaran las duras teclas de la hispano-olivetti para que fueran a para a unos finos guantes, regalo de Julio. Se enfundó un abrigo de color granate con cuello de terciopelo negro y se tocó con un sombrerito, que para algunos podría resultar ridículo, pero que a ella le gustaba sobremanera, porque junto a los tacones de sus zapatos la hacían parecer más esbelta.

Víctor sabía que los americanos sólo mantenían una oficina diplomática en la capital, al frente de la cual figuraba el encargado de negocios, aunque hubiera otros funcionarios norteamericanos cuyas tareas se desconocían o no se querían conocer oficialmente. Recientemente había estado en su tienda de modas el secretario del encargado de negocios, Mr. Tex Acoil, era el técnico que velaba por hacer fructíferas las inversiones estadounidenses en un país sumido en el hambre y la pobreza, podía hablar con él para conocer más detalles sobre la operación que ya estaba en marcha. También podía contactar con su amigo y vecino Luis Salazar, que ahora ocupaba un alto puesto en el Ministerio de Asuntos Exteriores. Mientras tanto Julio seguiría ocupándose de la actividad inmobiliaria y de los cada vez menos frecuentes envíos argentinos.


Se acercaba la Navidad. La agencia de transportes registraba más actividad de lo acostumbrado. Valentín, el contable, indicó a Juan que durante unos días tendría que ayudar en la distribución de mercancías, sólo para algún viaje ocasional, a cambio recibiría una pequeña compensación económica. No recibió la orden con agrado, no le parecía buena idea acompañar al chófer de una camioneta para ayudar a cargar y descargar mercancías. Hasta entonces su trabajo se ceñía a la oficina, pero no podía rechazar lo que se le pedía, corría el riesgo de que le despidieran del trabajo y, además, estaba la necesidad de ese dinero extra que recibiría.

El primer viaje lo hizo en un vehículo avejentado, con la caja de madera cubierta por un toldo de lona que cerraba todo el espacio para la carga. Salieron temprano, a las ocho de la mañana ya estaba junto a la camioneta. El conductor, un hombre que rondaría los cincuenta años, hablaba poco. Buenos días, cuando quiera nos marchamos, le dijo. Juan intentó entablar conversación con él en varias ocasiones a lo largo del trayecto, el esfuerzo fue inútil, su compañero de viaje o no respondía o contestaba con monosílabos, parecía estar de mal humor. Valentín le había dicho que recogerían varios sacos con un número marcado en el costado, él no tendría que cargar ninguno, en el almacén al que se dirigían se encargarían de subirlos al vehículo para su transporte, en todo caso, el conductor ayudaría a la gente de allí. Su cometido consistiría en comprobar que no se quedara ningún saco sin cargar, numerados del uno al veintitrés, contarlos y repartirlos posteriormente entre los establecimientos de la ciudad que tenía en la relación que se le había facilitado previamente en la oficina. El listado contenía dos columnas: una con el número de los sacos a entregar, en la otra aparecía el nombre del establecimiento que los recibiría. La primera entrega se hizo con los fardos numerados del nueve al treinta, fueron descargados en una fábrica de harinas, no muy lejos del almacén donde los habían recogido. Después se adentraron en un barrio cercano. El conductor conocía bien el recorrido, probablemente no era la primera vez que lo hacía. Fueron dejando el resto de la mercancía en distintos locales. Juan comprobaba cuidadosamente que el número que aparecía grabado sobre el saco se entregaba en el comercio o local indicado en su lista. Regresaron al lugar de trabajo poco antes de que se cerrara la oficina, el chófer dejó el camión aparcado en una explanada que formaba parte del recinto de la agencia de transporte, Juan se dirigió hasta donde se encontraba Valentín, le entregó el documento que le sirvió para supervisar la distribución y le comunicó que no había habido ningún error en las entregas.

Poco tiempo después se le requirió para otro viaje, el conductor era el mismo al que había acompañado en el anterior recorrido. En esta ocasión el destino fue diferente: una nave industrial cerca de Cuatro Vientos, probablemente un viejo hangar en desuso. Entraron con el camión en el interior de la nave. Al fondo, en uno de sus laterales, se había construido una especie de caseta con una sola puerta de acceso. Juan había recibido instrucciones, tenía que recoger diez piezas de carne en canal, dos operarios del hangar se encargarían de subirlas al camión. Desde allí tendrían que ir al matadero donde las recibirían sin necesidad de entregar albaranes, ya conocían la camioneta. Había que atravesar toda la ciudad en dirección norte, el conductor conocía la ruta, al parecer la había efectuado en otras ocasiones; como era habitual en él apenas pronunció una palabra durante todo el trayecto pese a los reiterados intentos de Juan para emprender conversación. Estaba sorprendido de la abundancia de alimentos que transportaban cuando en la calle resultaban inaccesibles para la mayor parte de la población, incluso no siempre se lograba conseguir los alimentos más básicos. El conductor del vehículo en el que viajaban endurecía el gesto de su cara cuando Juan, en cada nueva tentativa para sacarle de su mutismo, mencionaba algo relacionado con la mercancía que transportaban. Al llegar al matadero, los empleados del establecimiento se dispusieron para llevar a cabo la descargar de las piezas numeradas del uno al diez con un sello azulado marcado en sus lomos.


Juan había quedado con Elisa en que se verían el sábado por la tarde, después de que él saliera de su trabajo. Durante la semana no se habían reunido. Fueron al cine, pasaban la película Rosas de Otoño. Al salir Juan tenía la costumbre de comentar con Elisa lo que habían visto en la pantalla, en esta ocasión dijo que le había llamado la atención el argumento, parecía extraño que una familia acomodada, un matrimonio que disponía de una holgada economía y que mantenía relaciones sociales con personas que gozaban de una posición envidiable, acabaran mezclados en las oscuras actividades delictivas de una pareja de estafadores. Elisa le decía que no le sorprendía, era sólo una película en la que podía pasar todo lo que se le ocurriera al guionista o al director, la ficción debía ir más allá de la realidad de manera que pudiera llegar a conmover los sentimientos del espectador. Juan opinaba que la película debía inspirarse en un hecho real, se podían apreciar detalles difíciles de imaginar si antes no se habían conocido por la experiencia o por alguna noticia en la prensa y a partir de ahí se llevaría a la pantalla. Elisa mantenía su postura acerca de que un buen cineasta necesita tener la imaginación suficiente para crear situaciones que, aunque estuvieran alejadas de la realidad, provocasen en el espectador reacciones de solidaridad o de rechazo, de identificación con el personaje o de condena de su comportamiento, en definitiva, que le emocionaran, de lo contrario sus películas aburrirían al público. Juan quería cerrar la conversación surgida al hilo del argumento de la película. No me imagino a tus padres relacionándose con estafadores, fue lo último que dijo respecto al tema que había surgido.

Elisa tampoco hizo más comentarios. No sabemos si conocía las actividades de su padre fuera de la tienda de modas, probablemente en esos momentos las desconocía totalmente. Le preguntó por su trabajo en la agencia de transportes, como respuesta explicó con detalle los encargos extra que le estaban asignando, sus viajes a los almacenes donde recogían la mercancía que luego distribuían por la ciudad, le habló del carácter abrupto del conductor de la camioneta. A ella le sorprendió que a un empleado de la oficina se le encargara un trabajo que nada tenía que ver con la oficina, sobre todo, si se tenía en cuenta que llevaba poco tiempo en la empresa. Juan aclaró que su trabajo en las salidas con el camión se limitaba a verificar que las entregas se hacían de acuerdo con el listado que le habían dado antes de salir de la agencia de transportes, no deben confiar mucho en el chófer, le dijo, y añadió que recibiría un dinero extra, le vendría muy bien para ayudar en casa de sus padres. Mi padre está empeorando de su enfermedad, ya no puede salir de casa, necesita unos medicamentos que cuestan mucho dinero y para nosotros, para mi familia, resulta difícil acceder a ellos.

Camino a casa de Elisa, le preguntó por sus estudios, ella mostró su entusiasmo con las clases, aunque los compañeros le parecían extremadamente serios, hablaban poco entre clase y clase o al salir de la facultad; apenas cruzaban algún saludo con las escasas compañeras con las que compartían las aulas, vestidos con sus chaquetas y corbatas, no parecían estudiantes, más bien parecían abogados y jueces consumados reunidos ante un magistrado del Tribunal Supremo: el profesor de turno. Describía a cada profesor con sus hábitos y manías, su aspecto físico y la opinión que le merecía. Elisa le habló del contenido que trataba cada asignatura, alguna de ellas no le atraía en absoluto, las demás le entusiasmaban. Tenía una materia favorita, decía que trataba de problemas cercanos a la vida cotidiana de la gente. Hablaba apasionada de la carrera que acababa de iniciar. Al llegar al portal del edificio donde vivía se despidieron, al día siguiente se verían de nuevo.

Quedaron temprano, después de comer, los domingos eran los únicos días en que solía coincidir Elisa con sus padres para el almuerzo; la sobremesa no era muy larga, al terminar el padre era el primero en abandonar la casa, a continuación Teresa se preparaba para salir y en poco tiempo se despedía de su hija. Elisa se quedaba sola en casa, el servicio tenía las tardes de domingo libres. Cuando llegó Juan a buscarla a casa, Elisa ya estaba esperándole. Fueron a dar un paseo, hacía frío, al cabo de una hora, quizá menos, le propuso volver a casa, su padre había salido inmediatamente después de comer, seguramente habría quedado con sus amigos para ir al casino para echar una partida, para tomar un café o para rematar algún negocio, esto tampoco lo sabemos. Su madre había dicho al salir que iría al teatro, la esperaban unas amigas. La casa había quedado deshabitada para el resto de la tarde, ellos la ocuparían en ese tiempo. Llegaron ateridos de frío, removieron las brasas, más bien cenizas, que habían quedado en la chimenea del salón, añadieron algunos pedazos de leña y se acomodaron en un sofá, delante del fuego. Elisa ofreció una copa de coñac a Juan, ella se sirvió otra. Sus cuerpos comenzaron a recuperar la temperatura adecuada con el calor del fuego de la chimenea y con el que proporcionaba el alcohol. Juan pidió a Elisa que pusiera música, comenzó a sonar El día que me quieras. Esta canción la escuché por primera vez una mañana que vine a tu casa a entregar una chaqueta para tu madre. Cuando abriste la puerta y te vi, era incapaz de articular palabra, creí tener delante una estrella que cegaba mis ojos o algo parecido. Nunca antes había visto tan cerca de mí una muchacha tan atractiva, hiciste que me quedara mudo, mi mente se vació, me quedé suspendido en una nube de la que no podía bajar. Era incapaz de ordenar mis pensamientos, deseaba irme de allí cuanto antes, a la vez que una extraña fuerza me impedía moverme, no podía dejar de mirar tus ojos.

Yo también recuerdo ese instante, salí a abrir la puerta y me encontré con el único hombre que me ha arrastrado hasta lo más profundo de su corazón. En aquel momento sentí que una fuerte atracción me obligaba a mantenerte cerca de mí, te hice pasar porque no podía cortar aquella especie de hechizo que se apoderó de mí. Seguro que ahora también estás deseando irte de aquí cuanto antes, Elisa se arrellanaba en el sofá mientras Juan le contestaba que no se iría ni siquiera en el caso de que se presentaran sus padres en este momento. Estaba cómoda, echada con la cabeza apoyada sobre las piernas de Juan que acercó sus labios a los de ella. La música dejó de sonar, Elisa se puso en pie, tomó de la mano a Juan y le llevó hasta su habitación. Entre las cortinas que cerraban el balcón entraba la escasa luz del atardecer. Se desprendieron de sus ropas precipitadamente y se sumergieron entre las sábanas, el frío hizo que estrecharan sus cuerpos hasta fundirse en uno solo. Acababa de desaparecer el mundo, nada existía salvo los labios de Juan que recorrían su cuerpo, montes y valles dejaban en su boca la dulce fragancia que desprendía la piel de Elisa, explorando en su delirio desde el más pequeño rincón hasta la suave orilla de aquella geografía inimaginable. Los sentidos de Elisa respondían con frenesí los requerimientos de tan inesperado viaje, que en su último trayecto los llevó conmocionados a alcanzar la más elevada cima. Como si de un volcán en erupción se tratara, sacudidas y estremecimientos dieron paso a la quietud y el sosiego. Tendidos, él junto a ella, se dieron un respiro para continuar con una nueva travesía por los paisajes recién descubiertos.

Se acercaba la hora de marcharse, Juan se sentía más unido que nunca a Elisa, a la vez que tomaba conciencia de que cada día que pasaba era más urgente buscar una salida a su precaria situación como empleado en la empresa de transportes. Así se lo decía a Elisa antes de salir de su casa, no era el momento de tratar ese asunto, ella estaba todavía envuelta en la nube a la que habían subido hacía apenas unos minutos, su ambición añadía una nota positiva más a la imagen que se había forjado de Juan. Antes de despedirse, trató de restar importancia a lo que le parecía una preocupación constante en él. Ya hablaremos más despacio de ese tema, ahora tienes que irte, mi madre estará a punto de llegar y no me gustaría tener que darle explicaciones sobre tu presencia aquí. Juan cerró la puerta tras de sí, bajó las escaleras, las luces del portal estaban encendidas. El portero le saludó, al responder Juan al saludo, el portero se le acercó, le pregunto si había estado antes en el edificio, le dijo que le resultaba conocido, le había visto en otra ocasión subiendo a la casa de los señores Morales, en aquel momento no le reconoció, ahora, con el paso del tiempo se parecía más a su padre. El guarda del edificio insistió preguntándole si era hijo de Juan Díaz, el mecánico de ferrocarriles. Tras la respuesta afirmativa del interrogado, el portero le dijo que lo conocía, habían trabajado juntos, pero hubo una denuncia y no pudo volver a trabajar en los talleres ferroviarios. Gracias al vecino del primero, Don Luis Salazar, estoy aquí empleado. Tu padre se puso del lado equivocado, del lado de los perdedores, así se lo dije a Don Luis, por si podía echarle una mano a él también, pero tu padre había tenido importantes responsabilidades en el sindicato. No pudo hacer nada por él, tal vez, al contrario, su interés sirvió para señalarlo como enemigo del nuevo régimen. Como respuesta Juan sólo le contestó que su padre no había vuelto a trabajar desde el final de la guerra, en ningún sitio lo admitían, ahora estaba muy enfermo. Se marchó de aquel portal.


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